¡Oh, Grecia! Cuna de la civilización moderna, de grandes filósofos y políticos, hogar de grandísimas construcciones y bellísimas esculturas. Cuya historia fue, en su momento, historia de Europa; cuyas decisiones fueron causa de otras posteriores en Europa. Triste es el destino que ha deparado que tal vínculo se renueve, en forma de una crisis europea, y que ha visto su nacimiento en la nación de Aristóteles y Platón entre otros.
Bien conocido es el problema; Grecia y la deuda griega. Durante años el gobierno griego mal-invirtió el dinero público y no tan público, costándole a su país los altos niveles de interés que los que tiene que hacerse a cargo y de los que, sin embargo, no puede hacerse de cargo independientemente; quedando a merced de los turbulentos mercados internacionales, con políticas fiscales que, en circunstancias normales, serían un suicidio económico y político y con la vergüenza de ser la fuente de contagio a otros países europeos, principalmente en la periferia.
Y allí yace España, con niveles de deuda inferiores a los de Alemania y, evidentemente, inferiores a los de Grecia. ¿Quién fue el causante de que un futuro tan prometedor se viera ennegrecido? Ciertamente fue el miedo; el miedo a que incluso teniendo una deuda inferior a la alemana, británica o italiana, España podría tener dificultades en pagar su deuda, y allí entran en juego las expectativas. Alemania, ¿quién le va a decir a los alemanes que no pueden pagar su deuda por que no son lo suficientemente competitivos?, el nivel tecnológico y educativo alemán es una de las envidias de Europa; con una inversión en I+D anual de 62.000 millones de euros en 2007 y con un nivel educativo superior a la media de la OCDE, aunque bien es cierto que se encuentra en declive comparado con otros años. La economía alemana tiene un PIB nominal tres veces más grande que el español, un sector industrial envidiable y con una gran productividad clasificada en el Top-5 del Índice de Competitividad del Foro Económico Mundial en 2010-11.
Si teóricamente, la crisis de la deuda afecta a países con grandes niveles de deuda y, prácticamente, no afecta a Alemania en gran medida, es debido al papel de las ya mencionadas expectativas. Antes de la crisis, España peleaba por entrar en el G-7, las cuentas estatales se mantenían en niveles respetables y la tasa de paro, aunque alta, no alcanzaba niveles tercermundistas. En el 2007, España invirtió en I+D sobre 13.000 millones de euros, poseía- y posee actualmente- un nivel educativo significativamente inferior a la media de la OCDE y una competitividad decadente desde el año 2005. Sin contar con el problema de los bancos españoles comprando deuda griega ni con la quiebra de las constructoras españolas en 2009, puede que una pequeña parte de culpa de la crisis española tenga que ver con fallos estructurales.
Quizás si se invirtiera más en educación - ¡ojo!, no digo que tal inversión tenga que venir del sector privado o público, simplemente que tendría que venir- en tecnología y en levantar la industria española de niveles casi simbólicos a algo más productivo y tangible podríamos levantar el país. Si se pudieran retener las grandes cabezas españolas que se marchan a otros países donde se aprovechan de su talento, si se hicieran reformas políticas destinadas al crecimiento económico que no fuera dependiente en el turismo, otro gallo cantaría. Lo que es cierto es que con una tasa de desempleo de más del 20%, el crecimiento económico español podría estar bastante peor y sin embargo resiste al borde del abismo, ¡imagínense si esa gente estuviera produciendo!
España tiene un gran potencial pero indubitablemente está obstaculizado por sus problemas estructurales casi tanto como lo está por la situación internacional, pues esos problemas estructurales lideran a unas expectativas negativas percibidas fuera de la nación y que, consecuentemente, nos llevan a pagar mayores intereses en la deuda para compensar el riesgo de que tales problemas estructurales nos hagan no pagar nuestras obligaciones.
Juan Sosa
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